Carlos Manuel de Céspedes: La virtud revolucionaria

“Aquella década magnífica, llena de épicos arranques y 
necesarios extravíos, renace con sus héroes, 
con sus hombres desnudos, con sus mujeres admirables,
con sus astutos campesinos, con sus sendas secretas,
con sus expedicionarios valerosos. 
Ya las armas están probadas, y lo inútil se desecha,
y lo aprovechable se utiliza. 
Ya no se empleará el tiempo en ensayar: se empleará en vencer”
José Martí

Al alba del 10 de octubre de 1868, a la vista del golfo de Guacanayabo y perdidas en la mirada las altas montañas del Oriente en el ingenio Demajagua, el abogado Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo reunió a aquella vanguardia selecta y aguerrida que juramentada previamente en la reunión celebrada en la finca San Miguel del Rompe, más allá del Río Jobabo, habían acordado secundar al primero que se viera precisado a levantarse en armas.
Aquella secreta convocatoria celebrada bajo el juramento y el sigilo masónico con el nombre críptico de Convención de Tirzán, sería la última vez en que se dilatase el acto crucial.

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